El paréntesis de Amarna: un rey herético en el Antiguo Egipto

El antiguo Egipto continúa despertando curiosidad y pasión a raudales, cuya religión, provista de un panteón divino que no se ha despojado de un halo de misterio y fascinación, ha servido de inspiración incluso a las civilizaciones clásicas griegas y romanas. Son bien conocidas deidades como Isis, Ra, Horus o Amón, que identifican una religión politeísta en la cual el  faraón tenía su propio hueco como representación del poder divino en la Tierra, dotando de sentido al orden terrenal Una característica de la civilización egipcia antigua es la interrelación entre el poder político y religioso, en tanto el faraón, como hijo de dioses, podía fijar los centros de poder en capitales concretas, variando de este modo las prácticas religiosas y la reputación de los diversos dioses del panteón egipcio. Así pues, las deidades egipcias no poseían siempre la misma consideración, lo cual dependía de la afinidad religiosa y, por supuesto, la estrategia política del soberano. Uno de los ejemplos más rompedores y reveladores dentro de esta dinámica fue el tiempo conocido como “el paréntesis de Amarna “.

También denominado como “Periodo de Amarna”, refiere a los años de reinado del faraón Amenhotep IV en torno al 1353 y el 1336 a.C., en el que se produjeron sustanciales transformaciones sociales al designar al dios Atón, disco solar en el cielo y fuerza vital primordial, como única divinidad a la que oficialmente el estado rendiría culto, prohibiendo la adoración de los demás dioses tradicionales. Este movimiento supuso un gran perjuicio para el culto a Amón, dios principal del panteón egipcio hasta ese momento, cuando todos sus templos fueron clausurados afectando en gran medida no sólo a las prácticas religiosas, sino también a las representaciones artísticas.

Pero más allá del “capricho” del mismo faraón, esta arriesgada reforma religiosa encuentra cierta explicación en los movimientos políticos previos a su reinado. Con la Dinastía XVII se llevó a cabo toda una campaña de reunificación del Alto y Bajo Egipto, siendo los príncipes tebanos los vitales artífices de la expulsión de los hicsos que lo permitieron. Su tradicional dios Amón, y su clero en el centro espiritual de Egipto, Karnak, ocuparon un lugar preeminente en la religión egipcia, identificado Amón como líder divino de las sucesivas conquistas en los territorios de Nubia y Canaán que originaron la prosperidad del Imperio Nuevo con la Dinastía XVIII. Cada nueva conquista era obra y gracia del dios Amón, por lo que su culto terminó recibiendo un trato preferencial. Así, el clero de Amón se hizo con un poder político que los sucesivos faraones se esmeraron en erradicar.

Amenhotep asumió entonces la autoridad sobre un Egipto próspero, aun cuando el clero tebano de Amón ocupaba una posición ventajosa respecto al poder sobre el Imperio Nuevo. Con ello, el faraón no tardó en anteponerse a su enemigo con un primer movimiento, la confiscación de los bienes del clero a favor del estado, y progresivamente trasladaría la capital espiritual de Egipto a la nueva ciudad de Akhetatón —Amarna en árabe—, «el Horizonte de Atón». Con ello, se legitimaba un nuevo lugar para el culto hegemónico de Atón, además de estar ubicada en una posición clave entre Tebas, antaño capital religiosa, y Menfis, capital administrativa. Además, Amenhotep decidió cambiar su nombre al de Akhenatón, «aquel que es útil a Atón», proclamando a Atón dios único del cual él es su interlocutor directo, eliminando de raíz la funcionalidad de la clase sacerdotal. De este modo, Akhenatón ya no es solo representante de un único dios en la tierra, sino su profeta.

Amarna
El Faraón Akenatón

Además de todo este entramado político, el culto solar había ganado influencia desde la progresiva evolución de la figura de Ra, ya no sólo un dios solar, sino un dios creador. De hecho, el faraón siempre había sido identificado con el dios Ra Hor-Atji, una asimilación de los dioses Ra y Horus específicamente creada como título del soberano. No obstante, Atón viene diferenciándose de Ra como una divinidad omnipresente, alejada de ciertas cualidades humanas que podían caracterizar a los dioses egipcios tradicionales, por lo que ni tan siquiera había de ser representado a través de figuras antropomorfas. Así, su iconografía típica era un disco solar del que salían rayos terminados en manos portadoras de ankh, la llave de la vida, puesto que Atón es un dios solar, pero, ante todo, es fuente de vida. Con todo ello, la deidad se abstrae y conceptualiza, sin manifestaciones religiosas concretas que permitieran realizar ciertas festividades o rituales, encontrando santuarios al aire libre liberados de los habitáculos a los que sólo tenían acceso los sacerdotes, desprovista la adoración a Atón de otro intermediario que no fuera el faraón.

Amarna
Ankh

Todo ello chocó con el sistema de creencias egipcio clásico, en el que no se concebían dioses sin forma humana o animal ni la escasa celebración de los ritos pertinentes. La radicalidad de este proceso no terminó de convencer al pueblo, acostumbrado a las prácticas religiosas previas que serían retomadas tras la muerte de Akhenatón, y se hallan en esta época numerosos cultos caracterizados por la tríada de padre, madre e hijo —como Osiris, Isis y Horus—. Cabe mencionar que, aun cuando el culto estatal se centra en Atón, no se puede denominar esta reforma religiosa como monoteísmo, sino más bien henoteísmo, en tanto sí quedaba reconocida la existencia de otros dioses, aunque no fueran considerados dignos de adoración. Esta perspectiva hacía del panteón egipcio una jerarquía en la que Atón ocupaba el lugar preeminente, lo cual no era un suceso especialmente llamativo dado que, al igual que sucedió con Amón, una Dinastía o un faraón en particular podían afirmar la superioridad de una divinidad concreta. No obstante, la particularidad del henoteísmo en Atón reside especialmente en cómo pudo diferenciarse como ente espiritual del resto de deidades, al no verse representado con una forma concreta equivalente a una creación terrenal, puesto que los dioses egipcios eran comúnmente antropomorfos o zoomorfos y los mitos que protagonizaban revelaban actitudes particularmente humanas, más allá de los poderes sobrenaturales que poseyeran.

Atón entonces se concebía en un plano muy alejado de tales características, un dios omnipotente de infinita bondad dispuesto a favorecer de igual manera a todos sus súbditos, manejando su poder en base al maat: la Verdad, la Justicia y el Orden cósmico. Atón como dios único merecedor de culto en Egipto es descrito como una divinidad capaz de tomar diversas formas, por lo que los numerosos dioses del panteón egipcio no eran más que representaciones de una misma entidad para la doctrina de Akhenatón. Es así como a ninguna divinidad egipcia le fue negada su existencia, ni tan siquiera a Amón, aun cuando sí restaba una enorme importancia a su respectivo clero. En definitiva, entre Atón y los seres humanos existiría un plano intermedio de divinidades, que no son más que meras representaciones de Atón, capaces de interactuar con su creación, entre los que se encuentra el mismo Akhenatón.

De esta manera, el faraón se posicionaba entre Atón y el pueblo sin más intermediarios “terrenales”, afianzando su poder no sólo como monarca sino como Sumo —y único— sacerdote, por lo que adquiere especial importancia la expresión artística del mismo y la familia real, alumbrados siempre por los rayos de Atón. En este sentido, no sólo el dios ha de ser adorado, sino también su profeta y rey; en consecuencia, así también sus herederos y, especialmente, la mismísima reina, Nefertiti. Es de esta manera como la representación de imágenes familiares del soberano comienza a reemplazar las figuras de los dioses, posicionándose en una evidente situación de superioridad respecto a sus súbditos y respecto de los otros dioses, meros disfraces de Atón. Para el pueblo egipcio, Akhenatón no tomará solo el rol de profeta, sino de padre y dios, reuniendo en él mismo una especie de tríada divina.

Amarna, Akenatón
Familia real alcanzada por los rayos del dios Atón

En definitiva, el reinado de Akhenatón se fortaleció en cuanto a su poder como rey herético al eliminar a su principal enemigo, el clero de Amón, y heredar una gran prosperidad económica tras las sucesivas conquistas desde la dinastía predecesora. De este modo, los motivos tras la monolatría hacia Atón parecen sustentarse en una rivalidad por el poder del faraón y la clase sacerdotal tebana, cuya reforma religiosa le permitió reunir en su figura el poder directo de los dioses, en ese momento unidos en uno solo, para gobernar sobre los egipcios. Considerado tanto un místico como un déspota, de su legado apenas quedó nada al fallecer, de lo cual se encargó el sucesivo clero de Amón a través de la manipulación del joven Tutankatón —Tutankamón posteriormente—, si bien no deja de resultar llamativa la consideración de un dios solar con características que posteriormente influirían en deidades como el romano Deus Sol Invictus o la teología cristiana, encontrando de hecho reveladoras semejanzas entre el Himno a Atón y el Libro de los Salmos. Poco se conoce de qué influencias podrían haber ejercido sobre Akhenatón y sus predecesores para enaltecer a Atón además de cuestiones políticas estratégicas, si bien recientes investigaciones permanecen abiertas indagando en la posible relación entre el atonismo y las prácticas religiosas para con el dios Olorum, venerado en ciertas zonas del África Subsahariana, o las creencias religiosas camíticas-semíticas.

Bibliografía

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FUSTER, G. Diferencias fundamentales entre la naturaleza del Yahvé arcaico y de Atón durante la dinastía XVIII. Amigos de la Egiptología, 23 de marzo de 2017: http://egiptologia.com/diferencias-fundamentales-la-naturaleza-del-yahve-arcaico-aton-la-dinastia-xviii/ [Consultado el 3 de julio de 2018]

GRIMAL, N. Historia del Antiguo Egipto. Madrid: Akal, 1996.

HIDALGO, M. Akhenatón: el faraón hereje de Amarna. Madrid: Biblioteca Nueva, 2000

REEVES, N. Akhenatón. El falso profeta de Egipto. Madrid: Oberon, 2004.

VÁZQUEZ HOYS, A. M. Historia antigua Universal I. Próximo Oriente y Egipto. Madrid: Editorial UNED-Sanz y torres, 2010.

http://egiptologia.com/diferencias-fundamentales-la-naturaleza-del-yahve-arcaico-aton-la-dinastia-xviii/

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Estudiante de Antropología Social y Cultural por la Universidad de Sevilla y de Geografía e Historia por la UNED. Interesada en la Antropología Política y de las Sociedades Contemporáneas, centra sus proyectos en la prospectiva cultural ligada a las nuevas tecnologías y la globalización. Sus aficiones van desde la literatura hasta teatro, además del aprendizaje de temáticas alternativas a sus estudios como la fotografía, la filosofía o la astronomía.

2 pensamientos en “El paréntesis de Amarna: un rey herético en el Antiguo Egipto

  • 12 julio, 2018 en 2:40 am
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    Quería evitar las intrigas, y la manipulación del clero. Toma el poder, y se muestra como una familia común. A pesar de recibir los rayos divinos, tiene una vida humana, es un doble mensaje, monarca, y familiar.
    El clero manipulaba a las personas, creando divisiones entre tantos dioses, don un simple ciudadano no sabia a quien adorar.
    Duró poco. Es una pena y, a la vez un ejemplo muy actual, doctrinas, política, religión, interpretación de las mismas palabras.

    Respuesta
    • 13 julio, 2018 en 1:23 pm
      Enlace permanente

      Desde luego es un mensaje radicalmente distinto del que acostumbraban, en un momento en el que los sacerdotes tenían más poder que el propio faraón. Al fin y al cabo, era (y es) una línea muy difusa la que hay entre religión y política, si es que consideramos que existe. Quién sabe si Akhenatón ejerció un poder más “humano” acorde a su propia moral o es que estudió muy bien la estrategia antagonista a los sacerdotes de Amón, y tomó el poder como consideraba que le correspondía. Lo que está claro es que, como tantos considerados herejes, supone un apartado más de la Historia del que de momento solo podemos conjeturar.

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