Cleopatra, última reina del Antiguo Egipto

La última soberana del Egipto faraónico resulta uno de los personajes históricos femeninos que más fascinación ha causado desde que, a sus dieciocho años, ascendiera al trono junto a su hermano Ptolomeo XIII. Su figura ha traído de cabeza a miles de artistas que han querido retratar en sus obras el legado de la reina ptolemaica, aunque éste ha fundamentado más bien en los romances que protagonizó. Nació en la Alejandría del año 69 a.C. como Cleopatra Filopátor Nea Thea, siendo estos los únicos sobrenombres que oficialmente pueden corresponderle dado que, más de dos mil años después, aun hay especial afán en tildarla de mil maneras distintas: inteligente, culta, perversa, de una belleza sin comparación…Aun cuando quizá hoy se duda de su rostro de simetrías calculadas, Cleopatra es siempre asociada a un atractivo irresistible que le hizo conquistar a dos de los hombres romanos más poderosos de su tiempo.

Cleopatra
Elizabeth Taylor en la película Cleopatra (1963)

Dejando aparte esta cuestión, la verdadera relevancia de Cleopatra como figura histórica no son tales banalidades, que únicamente la reducen a mujer fatal y la definen más en función de su atractivo erótico como objeto del arte, sino el hecho de haberse erigido como una de las escasas reinas independientes del Antiguo Egipto. Desde los albores de los tres milenios que conforman la historia de este reino, el trono faraónico era el destino de un varón, quedando para su consorte un papel ciertamente poderoso como representante de la diosa Isis —dado que no el faraón no puede identificarse con una deidad femenina, al igual que en su esposa no puede corresponderse Horus —, pero reducido a la sombra del monarca. La única situación por la que se diera una reina-faraón exigía que la descendencia masculina de un difunto faraón no existiera, o fuera cuestionada por asuntos concretos como la legitimidad del parentesco, momento en el que la viuda disponía por delante de un excepcional pero arduo camino para ascender al trono. Usualmente, debido a la anormalidad de poseer un trono en el que una figura femenina ose ostentar los dos títulos de Horus e Isis en su persona, los gobiernos solían ser característicamente efímeros —a excepción del de Hatshepshut, con veintidós años de gobierno a su espalda — o, al menos, imbuidos en un constante peligro.

Ciertamente, la figura de las reinas-faraón no es equiparable al de las reinas ptolemaicas más independientes. Esta dinastía, fundada tras la muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C. por uno de los generales que tomó parte de su resquebrajado imperio, Ptolomeo I Sóter, trató de fusionar las costumbres egipcias con las helénicas, lo que otorgó a todas las reinas una autoridad medianamente ecuánime a la de sus esposos faraones, aun cuando nunca se equiparó del todo a la de sus predecesoras egipcias. Así pues, las tres reinas de esta dinastía que lograron gobernar casi en solitario encontraron muchísimas más trabas en su tambaleante trono, por lo que finalmente habrían de reinar conjuntamente con aquellos familiares con los que contraían matrimonio, si no eran antes aniquiladas para evitar conjuras contra éstos que les permitiera volver a disponer del reinado en solitario.

El gobierno de Cleopatra no comenzó de manera distinta al de cualquier reina ptolemaica. En el 51 a.C. muere su padre Ptolomeo XII Auletes, siendo su voluntad la de mantener la tradición y casar a su hija Cleopatra VII con el más mayor de sus descendientes varones, Ptolomeo XIII, quien contaba en ese momento con apenas diez años. La elección de Cleopatra como heredera por parte de su padre no sólo versaba en su cualidad como hermana mayor, sino que la joven contaba con una exquisita educación y una atenta comprensión de las intrigas políticas que había acechado la constante lucha por el poder de la corte ptolemaica. Ambos heredarían un reinado que su padre había mantenido difícilmente, puesto que la corrupción y la despreocupación de Auletes había hecho de Egipto un territorio devastado en el que Roma había puesto su mirada. Esta emergente potencia se había granjeado la influencia sobre el faraón con el apoyo del general Cneo Pompeyo en las tramas políticas que se urdieron contra Auletes, especialmente en su forzado exilio a causa de su otra hija Berenice IV, segunda de aquellas reinas independientes mencionadas. Así pues, la herencia del reinado traía consigo una población pobre y hambrienta, lo que obligaba a sus nuevos gobernantes a depender aun más de Roma. Ptolomeo XIII continuaba la política de su padre, hallándose tutelado y manipulado por el general Aquilas y un eunuco de nombre Potino, en quien radicará la administración del reino y gran parte de la responsabilidad de la pésima relación entre Ptolomeo y su hermana-esposa Cleopatra.

De este modo, y por exhortación de estos dos consejeros, Ptolomeo expulsó a Cleopatra del gobierno en el 48 a.C., hecho que coincidió con el estallido de la segunda guerra civil de la República romana, en la que se enfrentaron dos de los que antaño formaron el Primer Triunvirato: Julio César y Cneo Pompeyo. Pompeyo no dudó en acudir a Egipto, amparándose en las buenas relaciones que mantuvo con el padre de los jóvenes gobernantes. Sin embargo, y por otro de los consejos de Potino, Ptolomeo XIII ordenó acabar con Pompeyo, lo que creería como una gran estrategia para ganarse el favor de Julio César y aventajarse a su hermana Cleopatra. No obstante, este movimiento no cayó en gracia de aquel, quien además deseaba reconciliar a los dos hermanos como reyes de Egipto para evitar más frentes que tratar, para lo cual les citó en Alejandría.

Cleopatra
César y la reina de Egipto, obra de Tiépolo (s. XVIII)

Tomando quizá ejemplo de Berenice, y conocedora de las ventajas que disponía con respecto a sus hermanos —como ser la única de su dinastía que aprendió a hablar egipcio —, Cleopatra desconfió desde el comienzo de un nuevo regreso al gobierno al lado de su hermano y esposo, ambicionando un reinado en solitario. Ptolomeo no dudó en acudir al palacio real de Alejandría donde se encontraba alojado César, si bien Cleopatra sólo lo hizo infiltrándose envuelta en una alfombra que sería transportada por su criada, burlando el control de los soldados favorables a su hermano. Esa noche sería la primera que la reina y el general pasarían juntos, presumiblemente como estrategia política de Cleopatra para ganarse su favor y apoyar su causa. Ptolomeo, conocedor finalmente de las intenciones de su hermana, trató de arengar a los alejandrinos en contra de ambos, pero finalmente fue capturado por los soldados de César y, junto a su hermana Arsínoe, único apoyo en aquel momento por sus desavenencias con la presencia romana en Egipto, se mantuvieron a la sombra de la independiente reina y su aliado romano en calidad de rehenes.

Junto a su fiel Potino, también preso en el palacio, esta situación llevó a los hermanos Arsínoe y Ptolomeo a urdir una conspiración, que concluyó con el general Aquilas rodeando la ciudad de Alejandría con más de veinte mil soldados. Cleopatra y César lograron la victoria, manteniendo a Ptolomeo XIII como rehén y ejecutando a Potino tras descubrir a éste intentando envenenar a César. Arsínoe logró escapar al campamento de Aquilas, donde su padre biológico, Ganímedes, acabó con el general y nombró a la joven reina de Egipto, comandando las tropas de alejandrinos que exigieron la liberación de Ptolomeo. César, confiando en que la inexperiencia del joven no le haría llegar lejos, no dudó en aceptar tal movimiento, puesto que así además lograría ganar tiempo en la llegada de refuerzos. Con aquella ventaja añadida de César, Ptolomeo y sus aliados finalmente fueron obligados a huir Nilo arriba, en el que perdió la vida ahogándose. Arsínoe, por su parte, fue llevada a Roma como prisionera, protagonizando un humillante desfile triunfal dedicado a César tras el cual, excepcionalmente, le fue perdonada su condena a morir estrangulada.

Una vez más, Cleopatra disponía de un trono para ella sola, pero pronto fue forzada a casarse con su hermano Ptolomeo XIV. No obstante, su nuevo esposo apenas tenía diez años, por lo que, a efectos prácticos, Cleopatra ejercía independientemente. En los años sucesivos, la suerte sonrió a Julio César, quien se convirtió en padre de Ptolomeo XV, apodado como Cesarión, en junio de 47 a.C. De este modo, Egipto y Roma quedaban unidos bajo la monarquía romana que el propio César instaura, lo cual quedará reflejado en las numerosas reformas administrativas, sociales y culturales que Cleopatra, quien se trasladó a Roma, no dudaría en aceptar. Aun cuando César logró numerosas victorias bélicas que, aparentemente, congraciarían a Roma, su autoproclamación como dictador en cuanto sus intentos de erigir un régimen autocrático, quizá junto a otros tantos motivos, hizo que en los idus de marzo del 44 a.C. fuera asesinado por, según se afirma, una rabiosa conspiración de sesenta senadores. Cleopatra huye a Egipto junto a su hijo Cesarión, comenzando de nuevo los movimientos políticos que asegurasen su posición tras los dos años que se había ausentado. Asesinó a su hermano y esposo Ptolomeo XIV, ya con quince años de edad, e hizo a Cesarión corregente.

Al mismo tiempo, Marco Antonio persiguió a los principales culpables del asesinato de su amigo Julio César, Marco Bruto y Cayo Casio, logrando además la simpatía del pueblo hacia su causa si bien no la del Senado. Junto a Lépido, convencerían al heredero que el propio César designó, Octavio, para dar la espalda a un Senado que le apoyaba con la única intención de acabar con Marco Antonio. Consciente de que después el Senado podría querer acabar con él, decidió unirse a sus dos nuevos aliados para formar el Segundo Triunvirato. Con esta nueva y triunfal situación política, Marco Antonio solicitó la ayuda de Cleopatra para recibir apoyo naval en su campaña oriental, porción que le habría correspondido en el reparto con los demás triunviros. Cleopatra, reina de un Egipto débil, dudó de la conveniencia de incluir su territorio en una posible guerra venidera, aun cuando finalmente se reunieron en Tarso a fecha de 41 a.C. La reunión se resolvió con una aportación económica de la reina al triunviro, a cambio de que éste asesinara a su hermana Arsínoe, refugiada en el templo de Artemisa en Éfeso, tras lo cual habría de quedarse a su lado en Alejandría. Un año después, Octavio quiso reafirmar su alianza con Marco Antonio sellándola a través del matrimonio con su hermana Octavia, lo que exigió al general permanecer en Roma cuatro años. En aquel tiempo, Cleopatra había dado luz y criado en solitario a dos gemelos: Cleopatra Selene II y Alejandro Helios.

A su regreso a Egipto, Marco Antonio, sin repudiar a su primera esposa, decidió casarse del mismo modo con Cleopatra, pudiendo cederle oficialmente las tierras de Creta, Fenicia y Chipre, y hacer de sus hijos herederos de otros tantos estados subordinados a Roma. Esta situación, añadido a la ambición de Marco Antonio que le hizo arrebatar a Lépido sus territorios en África, hizo a Octavio reconsiderar su amistad con el triunviro de Oriente. Frente a la opulenta vida que éste había llevado, Octavio habría mantenido su posición en Roma difícilmente, lo que le permitió erigir toda una campaña propagandística a su favor como sacrificado gobernante en contra de un Marco Antonio aparentemente manipulado por las apetencias de la reina egipcia. Una vez finalizó el acuerdo del Triunvirato, para el 33 a.C., ambos protagonizaron una encarnizada discusión en el Senado en la cual Marco Antonio repudió a Octavia, para lo que Octavio contraatacó exponiendo los movimientos de Marco Antonio cediendo territorios romanos a Cleopatra y sus vástagos a través de un testamento secreto, y la intención de convertir Alejandría en la nueva capital. La opinión pública se abalanzó en contra de Cleopatra, quien volvería a sufrir las acusaciones que históricamente le han acompañado como femme fatale, destacando especialmente la brujería y el incesto. De este modo, el Senado no dudó en concluir tal problemática declarando la guerra a Egipto.

Cleopatra
The Meeting of Antony and Cleopatra, obra de Sir Lawrence Alma-Tadema (1883).

Las batallas contra las tropas de Marco Antonio y Cleopatra comenzaron en el 32 a.C., si bien no fue hasta un año después que, en la batalla de Actium, el general Agripa acabó con la flota de la reina egipcia. Marco Antonio huyó con su esposa a Alejandría, donde Octavio acudió para derrotar definitivamente las escasas once legiones que le quedaban a su antiguo amigo, y que desertaron casi inmediatamente. Ante esta situación, y tras remitirle Octavio la falsa noticia de que Cleopatra había muerto, Marco Antonio decidió suicidarse. Según se relata, aun con vida fue llevado a despedirse de su esposa.

Esta situación dejó el camino fácil a Octavio para entrar en Alejandría a fecha del 30 a.C., momento en el que Egipto se convertiría en provincia romana y él mismo se proclamara Augusto, primer emperador de Roma. Cleopatra conocía sobradamente el futuro que le depararía en Roma como prisionera del emperador, a quien le convenía más la humillación pública de la reina en el desfile triunfal, que antaño ya sufrió su hermana Arsínoe, en lugar de simular la misma estrategia que ya empleó con César. Decidida a no sufrir este destino, y habiendo presenciado la muerte de su marido, decide suicidarse con la venenosa picadura de una víbora áspid que, tal y como cuenta la leyenda, obligó a sus criadas a esconder en un cesto con frutas, garantizándose una muerte equivalente a la de una diosa. Antes de ello, mandaría a su hijo Cesarión al sur de Egipto, quien sería traicionado por su tutor Rhodon, entregándole a Octavio para que fuera asesinado. Los hijos de Marco Antonio fueron enviados a Roma, donde Octavia, su primera esposa, se encargó de criarlos. Se cree que sólo sobrevivió a la mayoría de edad Cleopatra Selene, quien contrajo matrimonio con el rey Juba II de Mauritania. Como últimas palabras, Cleopatra dejó escrito a Octavio su deseo de ser enterrada junto a Marco Antonio, lo que posteriormente el emperador aseguró haber hecho.

Cleopatra
La muerte de Cleopatra, obra de Jean-Baptiste Regnault (1796)

La escena de su suicidio cerraría una biografía que, quizá más bien adornada y confundida en una vorágine de leyendas romantizadas, pone de manifiesto la importancia de Cleopatra no por los frívolos atributos que se han terminado por hacer intrínsecos a su figura, sino como ejemplo de ambición que, más o menos cuestionable, permitió a una mujer aspirar a un trono que en aquel tiempo parecía imposible. Muchos pasajes de su historia pueden ponerse en duda en su veracidad, teniendo en cuenta la negativa propaganda llevada a cabo por los autores romanos de los que los artistas más han bebido en los siglos posteriores, si bien aun cuando pueda corroborarse sus dotes como reina inteligente pero manipuladora y ausente de moral, no deja de ser cierto el aplomo de una mujer que se enfrentó a toda una vida de conspiraciones y de la que puede garantizarse su aptitud como estratega política.

BIBLIOGRAFÍA

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SCHÄFER, C. Cleopatra. Barcelona: Herder. 2007.

TIDESLEY, J. Cleopatra: la última reina de Egipto. Barcelona: Ariel, 2008.

WEBGRAFÍA

Antonio y Cleopatra, la entrevista de Tarso. National Geographic España, 7 de mayo de 2015: http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/antonio-y-cleopatra_9159/6 [Consultado el 27 de enero de 2018]

Cleopatra, la reina más joven de Egipto. National Geographic España, 19 de noviembre de 2012: http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/cleopatra-la-reina-mas-joven-de-egipto_6795 [Consultado el 27 de enero de 2018]

MONTAGUT, E. A vueltas con Cleopatra.  Tribuna Feminista, 7 de agosto de 2017: http://www.tribunafeminista.org/2017/08/a-vueltas-con-cleopatra/ [Consultado el 29 de enero de 2018]

IMÁGENES

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Sir_Lawrence_Alma-Tadema_ _The_Meeting_of_Antony_and_Cleopatra.jpg

 

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Estudiante de Antropología Social y Cultural por la Universidad de Sevilla y de Geografía e Historia por la UNED. Interesada en la Antropología Política y de las Sociedades Contemporáneas, centra sus proyectos en la prospectiva cultural ligada a las nuevas tecnologías y la globalización. Sus aficiones van desde la literatura hasta teatro, además del aprendizaje de temáticas alternativas a sus estudios como la fotografía, la filosofía o la astronomía.

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